lunes, 8 de julio de 2013

Tanabata (七夕), las leyendas


¿Quién no ha oído hablar nunca del festival japonés llamado "Tanabata"(七夕)?
Famoso por su carácter tradicional, el Tanabata es la celebración que vemos todos los veranos cuando gente de todas las edades se reúne y junta sus deseos.

Dice la leyenda más conocida que Orihime (織姫), una princesa bella y con mucho talento tejiendo, tejía y tejía a la orilla del Amanogawa (天の川) (la Vía Láctea) para su padre, Tentei (天帝), que adoraba su trabajo. A ella le encantaba, pero poco a poco la melancolía se apoderó de ella ya que se sentía sola. Su padre, consternado, le presentó a Hikoboshi (彦星), un pastor de estrellas del otro lado del Amanogawa, y ambos jóvenes se enamoraron perdidamente.
Tanta era su dedicación al otro que descuidaron sus tareas: Orihime no tejía las telas para su padre, y Hikoboshi dejó escapar su ramado, desperdigándolas por el cielo. Tentei, furioso, decidió separarlos para siempre; pero Orihime le rogó su perdón. Afligido por las lágrimas de su hija, permitió que se reencontraran el séptimo día del séptimo mes. Pero cuando llegó ese día ninguno de los dos pudo cruzar el río.

Una banda de urracas, afectados por el llanto de la princesa, prometió ayudarla a cruzar todos los años juntando sus alas y creando un puente: por eso es desolador un Tanabata lluvioso, la lluvia impide que las urracas los ayuden, y deben esperar otro año.




Otra de las famosas leyendas de Tanabata es la que relataré a continuación: seguro a muchos lectores os suena gracias a la gran popularidad que ha tenido esta versión, que se ha usado muchas veces como referencia en novelas y mangas japoneses.

Esta versión cuenta la historia de un labrador joven que estaba trabajando en el campo cuando encontró una tela preciosa abandonada. Fascinado, la cogió y decidió guardarla en su bolsa para llevársela. Al dar media vuelta, la voz de una mujer lo llamó y vio que allí estaba una joven preciosa.
Le preguntó si había encontrado su manto, y él le mintió, diciendo que no sabía a qué se refería.

Desolada, ella le explicó que no era de la Tierra sino del Cielo y que ese era un manto mágico que necesitaba para volar y volver a su casa. Sin él, estaba atrapada.
Pasaron los años y ella, que se llamaba Tanabata, se quedó en la tierra, los dos se enamoraron y se casaron. Pero un día, cuando el labrador estaba trabajando, ella encontró el manto que había escondido. Desolada, se la puso. Cuando el labrador volvió a casa y la vio con su manto puesto, ella le explicó que tenía que volver al Cielo.
-Debes tejer mil pares de sandalias de paja y enterrarlas alrededor del árbol de bambú. Si haces eso nos volveremos a ver. Hazlo, porque te estaré esperando.

El labrador comenzó a tejer sandalias día y noche para volver a ver a su amada Tanabata, pero la impaciencia pudo con él y enterró las sandalias cuando sólo tenía 999 pares. El árbol comenzó a crecer y a crecer, y llegó muy alto. El labrador finalmente pudo llegar al cielo, pero se dio cuenta de que le faltaban un par más para poder llegar hasta las nubes. Así que, desesperado, comenzó a llamar el nombre de su esposa.
-¡Tanabata! ¡Tanabata!
Y ella lo escuchó y fue hasta él, y se abrazaron, felices de poder volver a estar con el otro.

El padre de Tanabata se enfureció al ver que su hija se había caso con un mero mortal pero decidió dar al joven una oportunidad. Le dijo que debía cuidar de su campo de melones día y noche durante 3 días, pero bajo ningún concepto podía tocar o coger ninguno.
-Tendrás sed -lo advirtió-. Pero si tocas una siquiera, algo terrible ocurrirá.
-No lo hagas -le rogó Tanabata.

Y el labrador esperó día y noche al lado del campo. Pero fiel a las palabras del padre de Tanabata, pronto una sed insaciable se apoderó de él. Aguantó y aguantó, hasta que finalmente no pudo soportarlo y tocó un melón dispuesto a beber su jugo...
Cuando el fruto comenzó a expulsar un río de agua que se convertiría en la Vía Láctea y los separó a los dos para siempre. Sólo durante el 7 de julio el padre de Tanabata les permite verse.

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