viernes, 18 de septiembre de 2009

Una historia sobre BCN, que me ocurrió ayer

Desde la segunda semana de septiembre estoy trabajando a media jornada (¿Quién llama a 6h "media-jornada"?) en la librería OOO (por no poner nombres). Me llevo estupendamente con mis compañeros de trabajo, pero con los jefes es ya otra historia... Pero en fin, comenzaré desde el principio.
Ayer, los que trabajamos en la OOO tuvimos que ir a la librería XXX (no, no es nada raro) para hacer un inventario de libros.

¡Quién me iba a decir a mí que ese día sería el día más surrealista de mi vida!

Después del trabajo, que ocurrió cual jornada normal, y de turnarnos las horas de la cena, fuimos caminando hasta XXX.
El hombre nos explica cómo funciona lo de las máquinas y siempre que hago una pregunta, me trata de tonta.

Cuando empiezo con las etiquetas, la jefa, la señora I, me dice:
-¿No os han dicho que pongáis en esas etiquetas de las estantarías vuestras iniciales y el número de libros?
Y como no, no nos lo habían dicho, dije:
-¿Eh? No, no nos o han dicho.
-¡Oye! -exclamó, mirando al que nos había enseñado cómo se hacía- ¿No les has dicho que tienen que apuntar sus iniciales y el número de libros?
Y el hombre dice, con toda la calma:
-Sí se lo he dicho.
Pero señores y señoras, ¡no nos lo había dicho! Porque veamos, no seré la más iluminada del grupo, pero no suelo tener problemas de atención y para este tipos de cosas siempre estoy memorizando al pie de la letra todas las instrucciones (para evitar marrones, ¡rodolí!).
-Oye, nena, que sí que te lo han dicho.
Y como ya estaba cansada, y sabía que aún me quedaban un par de horas largas... con ganas de llorar, le dije:
-No, no, no nos lo dijo.
Y cuando la señora I vio que, efectivamente, todos los que habían estado conmigo (porque claro, la señora I siempre me estaba mirado a mí, porque -y sé que es una excusa recurrente- creo que me tiene manía) asentía conforme a que NO nos lo había explicado, el hombre se excusa rápidamente.
-Aún no se lo he contado.
Y la mujer asiente, y se va. ¡Se va!

Aparte de que tuve que contar filas y filas de libros, y contarlas más de una vez por equivocaciones tontas, había esta estantería demasiado alta, y yo no llegaba. Los taburetes estaban todos usándose y por muy de puntillas y muchos malabarismos que hiciera: era imposible. Y le pregunto a uno de los encargados de las maquinillas que pasaba por allí (muy guapo, por cierto) que si podía ayudarme:
-Faltaría más -dijo con una sonrisa.
Y me coje el libro y me trae una escalera (de esas de pintores, de las que son un ángulo cerrado) y cuando me subo para usarla, me aguanta la escalera. ¡Jeje!

Sigo con la fila interminable de libros y veo que son las 12 menos cuarto. Así que aviso a mi encargada que lo siento, pero que si no me voy no cogeré el último tren (porque yo pensaba que era a las 00.00) y ella que vale, que gracias por la ayuda.
Cuando le pido al señor jefe B (era el único que estaba en esa zona), me dice:
-¿Ya has avisado que te vas? -con el ceño fruncido.
Le digo que sí, pero que es que no me quedan trenes.
Me guía hacia la salida.

Pese a la lluvia y los relámpagos a la distancia, voy *corriendo* hasta la estación, donde mi tren se ha ido minutos antes. Resulta que esta pimpina no había leído bien los horarios, así que mi tren, mi ÚLTIMO tren, se fue a las 23.50.
Ya, casi llorando, me dicen que puedo coger la Renfe (que no para en mi uni) o el bus noche, que está en el Corte Inglés.
Subo hasta el suelo, y hasta allí. Miro todos los buses, cuando no lo encuentro: pregunto.
-Hacia la Vía Universitaria, allí estará -me dice un conductor con una sonrisa.
¿Y qué hago? Comprobar UNO A UNO todas las paradas hasta plaza Universidad (porque claro, a ningún iluminado se le ocurrió que esa parada estaba en la calle que da ESQUINA al Corte Inglés... claro que, siendo justos, tampoco se me ocurrió) lloviendo como llovía anoche.

Voy a un restaurante para pedirles una botella de agua: estaba muy sedienta.
El chico que me atendió era un verdadero desastre, y pese a que en otras situaciones me hubiera reído y le hubiera dicho que no pasa nada, ayer podría haberlo matado.
-¡Eh! ¡Mírale el agua pequeña! -le dice su jefe.
El chico lo mira.
Nos lo quedamos mirando.
-Ah, sólo lo he buscado en la base de datos, no he mirado el precio.
¿¡HOLA!?
Al final se pone un poco las pilas, me cobra un riñón (pero lo que hace la desesperación a esas horas de la noche es insensato) pero sigo buscando.

Sigue lloviendo más, más fuerte. Estoy empapada.
Uno de esos chicos que venden cosas (no estoy muy preparada para decir que legalmente) (claro que no lo veía bien, era de noche, llovía y mis gafas estaban empapadas) me dice:
-¿Quieres un paraguas?
Y como ya sabía que nada podía irme peor, le dije que no.

¿Me imagináis? Caminando sola, a esas horas, por BCN (llegué a perderme), gritando maldiciones en japonés y hablando sola. ¡Qué chica más maravillosamente cuerda!
Sólo faltaba una canción de fondo y eso era un DORAMA:

Desesperada, me voy al banco a sacar dinero para el taxi que sabía que tendría que coger...

¡Wow! ¡Me han ingresado dinero!
Ya más animada, busqué, busqué, me perdí, y finalmente encontré un taxi.
-Estoy empapada pero... ¿puedo subir? -le dije.
Si me decía que no, lo mataba, estaba claro, pero el muy atractivo y joven conductor (NO, no es sarcasmo, va en serio) me dice que ningún problema.

-¿Dónde vamos?
-A la Universidad Autónoma.
Después de decirle cómo llegar, que casi se pierde, y charlas tontas que siempre ocurren en el taxi ("Uff, es que acabo de salir del trabajo" "¿Trabajas en un bar?" "No, en una librería... estábamos haciendo el inventario" "¿Libros especializados?" "Un poco de todo..."), finalmente llegamos y nos perdemos por el campus.

Estupendo, pensé.
Pero nos encontramos con mi facu, y desde allí sí que pude guiarle.
Me trajo a la Vila y me dijo:
-¿Quieres que te acompañe a la puerta?
-Ah, no, no hace falta, porque tengo que atravesar esta plaza y ya estoy.
-Mira, te doy la factura, por si te la pagan en el trabajo.
No tienes fe, pensé.
-Gracias.
-Y te doy mi tarjeta por si algún día necesitas algo. O si quieres tomar algo.
Eso fue el colmo, y comencé a reír y le dije que vale, que lo tendré (y lo tengo) en cuenta.
-¿Eres de aquí?
-Bueno, medio-japonesa.
-Ostras, mi ex era japonesa, de KKK.
-¿De verdad?
Y nos despedimos y a casa.

¡Y no se abría la puerta del piso!
En serio, me puse a reír aún más, y por suerte mi compañera de piso, Paula, estaba despierta y me abrió.

¡¡Qué impresión se debió llevar!! Empapada, riendo y llorando, estaba histérica.

jueves, 17 de septiembre de 2009

De como un día quise donar sangre... ¡y no me la aceptaron!

Cómo no, comienzo este post con una sincera disculpa a los lectores... que ya ni sé si estarán allí (pero yo, por si las moscas, sigo escribiendo en esto cuando tenga tiempo).

¿Por qué he tardado tantísimo tiempo en volver?

Veamos...

Julio:
Examen del Nouken (ya tengo la nota: ¡¡APROBADA!!), vino mi padre, vino Anne & Co., exámenes finales.
Agosto:
(en Japón) Mudanza. Viaje a Akita-ken e Iwate-ken con los de Incredible English y Ayaka. Últimos días en Tokyo. (en BCN) Acostumbrarme de nuevo a la vida de aquí, viaje a Mallorca THS 2009, preparación de mudanza.
Septiembre:
Mudanza a la Vila Universitaria. Búsqueda y captura de trabajo. Comienzo de trabajo. Y este lunes: ¡comienzan las clases! (se oye un "¡NOOOO!" colectivo)

Pero hoy os contaré una experiencia única antes de que se me olvide (¡ojalá que no!, porque estas cosas pasan).

Un día estaba con Robert y Rakel yendo por Yurakuchou, porque nunca habíamos ido, y eso que nos encontramos un cartel de: ¡se busca donantes de sangre!
Yo ese día me sentí especialmente amable, así que me dije: como nunca he donado sangre, ahora sería una buenísima oportunidad... Así que entré, toda contenta y emocionada, y les dije eso, que había visto el cartel (el grupo más buscado era el A, ¡y yo soy A!)...
Y me miran raros...

-¿Eres japonesa? -me preguntarón. Le dije que sí- ¿Vives en Tokyo?
-Bueno... vivo en España, pero he estado aquí un año y...
-Entonces me temo que no podemos aceptarla -me dijo con media sonrisa de arrepentimiento-. Verá...
Y me explica que como hubo un brote muy violento de encefalopatía espongiforme bovina (aka: vacas locas) en inglaterra, tenían que regular a los donantes que hubieran estado viviendo en europa. Resulta que si habías estado en españa durante más de tres DÍAS, o en inglaterra más de MEDIO DÍA ya tenían que rechazarte.

Me quedé con cara de tonta.

Vale que está bien este control y estas regulaciones para que no se pasen al que recibe la sangre...
¿Pero eso no era un poco demasiado?